Un día el Cardenal Du Perron, ante el rey Enrique III de Francia, pronunció una sublime y elocuente disertación probando la existencia de Dios. Cuando terminó, y tras los aplausos de la corte, añadió ufano: -«Acabo de probar la existencia de Dios. Mañana, si Vuestra Majestad
me lo permite, probaré que no existe.» Semejante cinismo cayó como una bomba sobre el rey,
quien lo expulsó de la corte.
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